jueves, 10 de noviembre de 2011

Churchill alienta a los Estados Unidos a ir a la guerra contra el Japón – 10/11/1941.

Camaradas,

El Primer Ministro Británico Winston Churchill ha pretendido emular al Führer dos días después de su fabulosa intervención en Munich y ha pronunciado un lamentable discurso tras el almuerzo dado por el Alcalde de Londres en la Mansion House, con el que este año ha sido sustituido el banquete tradicional del Guild Hall, arrasado durante el Blitz. A la vista de las palabras de Churchill, entre incendiarias y desmesuradamente optimistas en su trastornada visión de la realidad, cabe suponer que el almuerzo ha estado bien anegado en güisqui.

Churchill balbucea ante los micrófonos de la BBC.

La guerra puede extenderse a la mayor parte de Asia.

La guerra ha absorbido ya a todo el Continente europeo, ha penetrado en África del Norte y puede extenderse a la mayor parte de Asia. También es capaz de propagarse al resto del globo. Si los Estados Unidos se vieran arrastrados a un conflicto armado con el Japón, la declaración de guerra británica no tardaría una hora en anunciarse. La Flota norteamericana está ya en una gran parte en acción contra el adversario común. 

Estado del salón central del Guild Hall de Londres.  Por este motivo no ha podido Churchill celebrar aquí su encuentro con el Alcalde de la City.

Superioridad en el Mediterráneo.

El pase de nuestros convoyes dé aprovisionamiento por el Mar Mediterráneo y las derrotas infligidas a la Marina italiana demuestran que seguimos siendo los dueños de esas aguas. Pero, además, nos sentimos con fuerzas suficientes para situar poderosas escuadras navales en los océanos Índico y Pacífico en caso necesario. Poseemos ya una Aviación igual, por lo menos, a la alemana en cantidad, sin hablar de la calidad.

Japón cortará todos los tentáculos que Churchill y Roosevelt han situado en Asia.

No dejaríamos solos a los Estados Unidos contra el Japón.

No sabemos si los esfuerzos que hacen los Estados Unidos para mantener la paz en el Pacífico se verán coronados por el éxito, pero si fracasan, proclamo aquí que no dejaremos solos a nuestros amigos de América. Para el pueblo japonés sería una aventura muy peligrosa lanzarse inútilmente a una lucha mundial en la que tendría por enemigo a los Estados Unidos, cuya producción abarca casi las tres cuartas de la raza humana. Si el acero constituye uno de los factores más importantes de la guerra moderna, aún más peligrosa sería la situación para los japoneses, que sólo producen al año siete millones de toneladas de esa materia, mientras que la producción norteamericana se eleva a 90 millones-de toneladas. Espero de todo corazón que se mantenga la paz en el Pacífico, conforme a los deseos expresados por los sapientísimos hombres de Estado japoneses, pero hemos hecho y seguimos haciendo todos nuestros preparativos para defender, llegado el caso, los intereses británicos en Extremo Oriente y la causa común que está en juego.  En cualquier caso, sería un grandísimo desastre para la civilización mundial que la resistencia del pueblo chino contra la invasión no diese por resultado final la liberación de ese país. Este sentimiento reposa en el fondo de todos nuestros corazones.

Churchill, por supuesto, no quiere la paz.  Ni ahora ni antes.

Rechazará la ofensiva de paz.

Son muchos los que nos dicen que debemos contar pronto con una de esas cosas que han dado en llamarse ofensivas de paz. En los países neutrales se observan ya múltiples signos y síntomas de esté, y todas las apariencias indican que esa ofensiva de paz vendrá, como siempre, de Berlín. Pues bien, quiero dar a entender claramente, con toda la diafanidad posible, que bien nos hallemos solos o acompañados, ya sea larga y ardua o corta y fácil la labor que nos queda por cumplir, la nación británica, y a la cabeza de ella el Gobierno, en íntimo acuerdo con los Dominios, no entablarán jamás negociaciones con Hitler o con cualquiera que represente a la Alemania Nazi.

El discurso de Churchill, con su tono prochino y antijaponés, probablemente no conseguirá paralizar las negociaciones de Washington entre Nomura, Kurusu, Hull y Welles. El Premier británico promete a Roosevelt que en caso de un conflicto armado con el Japón la declaración de guerra inglesa no tardaría ni una hora en producirse. No cabe duda que Churchill ansía con todas sus fuerzas empujar a los Estados Unidos hacia la intransigencia, pero será difícil que lo consiga ante la actitud moderada y ecuánime de Tokio, país en el que, al igual que en Alemania, y al contrario de lo que sucede en Gran Bretaña y los Estados Unidos, gobierna la sensatez y la cordura.

Gott straffe Engelland!
Es lebe Japan!

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