jueves, 8 de octubre de 2009

Ante el Reichstag - 6/10/1939.

Camaradas,

El Führer retornó victorioso a Berlín desde Polonia y el pasado 6 de octubre se presentó ante el Reichstag. Durante su discurso, el Führer una vez más tendió su mano abierta y rebosante de paz a las democracias, empecinadas en mantener el estado de guerra aun cuando ya no hay motivo para continuarla. Así es como fue recibido:


"Consulta" a mano alzada en el Reichstag sobre la aprobación de la gestión del Führer de la "cuestión polaca".


Somos conscientes de que ante semejante muestra de apoyo unánime por parte de un Parlamento legalmente constituido muchas voces se alzarán, especialmente desde el “frente” de las plutocracias, acerca de lo que para ellos debe constituir un flagrante atentado contra las libertades del pueblo germano y la conculcación de los inalienables derechos de sufragio universal de que toda nación civilizada debería gozar. ¿Cómo puede ser que ni la más leve oposición se haya hecho notar entre los representantes de una nación compuesta por más de 70 millones de ciudadanos?

Quizás debamos dejar de lado el hecho de que la trascendencia del momento pudiera ser de por sí razón suficiente para motivar una reacción tan generalizada. Así como Alemania entera se ha hecho gozoso eco de los últimos éxitos militares y políticos, seguramente tampoco se alzara ninguna voz protestante en el archidemocrático pueblo de Estados Unidos cuando sus atletas se colgaron las medallas en nuestras Olimpiadas. En ambos casos cabe posible considerar al evento en cuestión como plenamente satisfactorio a nivel nacional.

Pero en fin, es cierto, sí, que el gobierno nacionalsocialista, aun consiguiendo altos porcentajes de voto en las elecciones a las que se presentó, tampoco puede decirse que obtuviera un apoyo unánime, de lo cual cabría inferir que sus decisiones y actuaciones tampoco tendrían porqué ser secundadas hoy por la totalidad de sus ciudadanos.

Lo que subyace detrás es un problema de concepto en el que las democracias tienden a incurrir respecto a sus obligaciones para con el Estado. Porque, aun reconociendo que pudieran quedar alemanes hoy que no apoyasen las medidas que el gobierno del Reich ha debido adoptar para resolver sus conflictos fronterizos, lo que un gobierno enfrentado a la grave hora del destino no puede hacer es someterse a las variables voluntades del populacho.

Este problema se fundamenta en varios puntos, siendo uno de los más importantes la naturaleza cíclica de las democracias. En efecto, los proyectos que cada partido presenta a la ciudadanía sólo pueden circunscribirse a los escasos años en los que dura su legislatura. Al término de esos cuatro años, el partido democráticamente elegido deberá entregar el poder y someterlo a sufragio. Imaginémonos que, por algún loco casual, en la Alemania de hoy perviviera todavía el régimen democrático de la República de Weimar y que por un todavía más loco casual en unas hipotéticas elecciones de octubre de 1939 ganase la oposición al NSDAP, obligando al pueblo alemán a firmar una nueva deshonrosa capitulación.

Durante el discurso.

El ejemplo expuesto puede estar fuera de lugar en cuanto que una situación de emergencia nacional tal que una guerra bien podría constituir una excepción que interrumpiera dichos ciclos, incluso en la más tradicional de las democracias y como ya ha sucedido otras veces. Pero este mismo argumento puede aplicarse igualmente a cualquier gobierno democrático en paz. ¿Qué sucede cuando un partido político alcanza el poder en un sistema democrático? Pues que va a pretender perpetuarse en él. ¿Y cómo puede conseguir esto? Con una escala de valores como la que impera en las democracias capitalistas, de un solo modo: mejorando los balances económicos de la nación en el plazo de cuatro años. Esto implica que, durante su legislatura, las miras de un gobierno van a estar centradas única y exclusivamente en la situación económica de su país al cabo de cuatro años, el aumento del PIB, las exportaciones, la producción y la disminución del paro. Sus previsiones, sus medidas, sus esfuerzos, todo, no van a ir más allá de este objetivo. ¿Qué gobernante democrático se atrevería hoy a proponer seis años de austeridad con vistas a obtener frutos al cabo del séptimo año? Lo más probable es que el principal partido de la oposición fuera el que se llevara los laureles tras haberse hecho con el poder tras los cuatro primeros años de contención de gastos.

Esto arroja una lectura inquietante ante problemas que quizás en el futuro deban afrontar las naciones, como la progresiva degradación de sus sistemas productivos, la existencia de activos tóxicos en sus sistemas bancarios, detectables únicamente a largo plazo, el cambio climático, etc, problemas todos que requieren de una previsión y una actuación a largo plazo y que los sistemas democráticos capitalistas, tal y como se hallan constituidos hoy, no están en condiciones de afrontar.

Ante esta situación, nuestro Estado de Derecho se erige en una alternativa que no puede menos que inquietar a las Democracias en tanto que pone en duda el sentido de su propia existencia. Nosotros estamos convencidos que los gobernantes pueden, bien, ser políticos, pero no sólo deben ser políticos. ¿Acaso Platón habló de un sistema de partidos en su República? No, platón habló de filósofos, de hombres de oro nacidos y preparados especialmente para gobernar. Entonces, ¿cómo puede ser que un pusilánime sin educación cuyo único mérito en la vida haya sido haber contraído las amistades adecuadas llegue a convertirse en Ministro de una nación o, peor aún, en su Presidente o Canciller?

Reflexiones estas que dejaremos en el aire por el momento. Lo último que se desea recordar a las voces que sin duda se alzarán a raíz del regreso de nuestro Führer y su comparecencia ante el Reichstag es que, a pesar de todo lo que puedan decirnos, Alemania continúa y continuará más unida que nunca.

Siebzig Millionen, ein Schlag!

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